—¿Podemos ir… al bosquecito de allá?
—Está bien.
Era una tarde tranquila y el lugar estaba vacío. Alejandro no esperó más, sus ojos fríos como el hielo.
—¿Por qué no te quedaste en la villa Trébol? ¿Por qué no aceptaste la manutención? —Su voz era una mezcla de frustración y furia contenida.
Luciana parpadeó, un tanto sorprendida, y luego sonrió suavemente.
—Ya lo sabes todo, ¿verdad? —Dijo, masajeando su muñeca, algo resignada—. Te lo dije en el hospital, que no quería nada, pero como no acepta