Luciana miró hacia la voz. Era Mónica.
—Hola —respondió la dependienta, dispuesta a atenderla—. ¿En qué puedo ayudarle?
Mónica sacó una lista y se la extendió.
—Quiero todo esto.
—Claro, enseguida —dijo la dependienta, revisando la lista, hasta que su expresión se tornó incómoda.
—Todo lo demás está disponible… pero el pastel de espino se ha terminado. Solo tendremos más hasta mañana.
—¿Terminado? —Mónica, con mirada aguda, vio los últimos pedazos en el mostrador y frunció el ceño—. ¿Y eso qué e