—¿Qué? —Alejandro bajó la vista, confundido. Era una delgada tarjeta, una que le resultaba vagamente familiar.
—Es la tarjeta secundaria de tu cuenta —le explicó Luciana, sonriendo con suavidad mientras se la entregaba—. Quería dártela hace tiempo, pero como casi no la usaba… y ahora hasta el celular es suficiente. En fin, se me estaba olvidando otra vez, ¡menos mal que no te habías ido lejos!
Dicho esto, retrocedió un paso, saliendo de su abrazo.
Alejandro sintió cómo su expresión se endurecía.