Pedro era alto, y podía subir a Alba a sus hombros sin ningún esfuerzo; fueran adonde fueran, ella ni siquiera tenía que dar un paso.
Alba se ponía tan contenta que gritaba:
—¡Este es mi lugar! ¡Esto es el paraíso!
Cuando esa frase corrió por toda la casa, los adultos no pudieron contener la risa.
Conforme pasaron los días, los invitados fueron llegando uno tras otro.
La boda llegó, tal como estaba planeado.
En el viejo casco de la hacienda todo estaba cubierto de alfombras rojas. Pedro volvió a