Martina por fin lo tenía claro: todos a su alrededor querían que ella y Salvador volvieran a intentarlo. Infló las mejillas, se sentó en la sala y fingió mirar la tele sin decir palabra.
Al poco, Salvador se acercó y se quedó de pie, sin atreverse a sentarse.
—Martina, yo…
—Siéntate —dijo ella, señalando el sofá sin mirarlo.
—Gracias.
Apenas rozó el cojín cuando Martina giró el rostro y lo encaró de lleno.
—Mira: a ti te invitaron mis papás, no yo. ¿Estamos?
—Sí —asintió Salvador—. Lo sé. No est