Mientras Laura pagaba en la caja, Martina se enamoró de una pulsera. La vendedora ya se la había pasado para probársela.
—Le queda preciosa —dijo—. Su piel es clarita y su muñeca muy fina; le realza mucho la mano.
—A mí también me encantó —Martina se miró de distintos ángulos, feliz.
—¿Y eso? —llegó Laura, echando un vistazo a la muñeca de su hija.
—Mamá, ¿a poco no está divina? —Martina levantó la mano para que la viera—. ¡Cómpramela, ¿sí?
—¿Bonita? Mmm… normalita —dijo Laura, negando con la ca