Se hizo de golpe el silencio, y Alejandro y Luciana se miraron y sonrieron.
Ella le tomó la mano, le secó el sudor de la frente.
—Duele, ¿verdad? Descansa un rato. Yo me quedo aquí contigo.
—Ajá —asintió Alejandro, pero no cerró los ojos; se quedó mirándola fijo.
—¿Qué me ves? —Luciana soltó una risita.
—Quisiera decir que, mirándote, me duele menos… —tragó—. Pero me duele tanto que no puedo dormir.
—Entonces te hago plática, ¿sí?
—Va.
—¿Te cuento de Alba?
—Sí.
Hablaron así, bajito, con el rumor