—Ajá… —Juan asintió con la voz hecha nudo y salió.
Trabajaron en equipo toda la noche, sin parar, hasta que asomó la luz.
Alejandro tenía una resistencia fuera de lo común; Luciana ya lo había comprobado aquella vez del apuñalamiento. La fiebre, al final, cedió: seguía un poco alta, pero ya no era un pico. Incluso dormido, su respiración se volvió pareja; el aire que exhalaba ya no quemaba.
—Qué bien lo estás haciendo, Ale —murmuró Luciana.
Con un vaso en la mano, humedecía un hisopo y dejaba ca