Mundo ficciónIniciar sesiónLeonel Sarpa nos llega en esta oportunidad con otra antología de relatos salida de su fértil imaginación. La compilación recibe el nombre de su principal relato “El hombre en el espejo”, donde nos narra la historia de un joven atormentado desde niño por todos aquellos que le rodean y que deberían protegerle. Producto de esta tensa relación con su entorno, desarrolla una vía de escape a su incapacidad de lidiar con tantos problemas.Su vida parece que se encamina hacia el éxito y la realización cuando conoce a un “amigo” que se encarga de quitarle del camino los obstáculos que encuentra, guardando para un final electrizante una sorpresa tan fabulosa como inesperada.Se completa el libro con seis relatos de corte variado, donde se incluye uno en forma de un modesto homenaje a quien es el escritor favorito del autor del libro y por quien se ve claramente influenciado en su carrera literaria; el fantástico y mundialmente conocido Edgar Alan Poe.
Leer másMi padre llevaba seis meses en la cama de un hospital, acribillado por una terrible leucemia, lamentablemente, a como decía él, no había podido tener un hijo varón que se responsabilizara de su empresa en la que cultivaba y exportaba fresas, y solo me tenía a mí, una mujer totalmente encaprichada y contraria a la sumisión, y que, sin embargo, me había dedicado a cuidarlo con total esmero desde el inicio de su enfermedad, pues mi madre había muerto hacía ya más de dos años, si él moría era claro que me convertía en la única heredera de todo lo que tenía.
Esa mañana me tomó la mano con tristeza, pero sus ojos revelaban un deseo de imposición sobre mí -Debes casarte por contrato con el dueño de la empresa con la que estoy endeudado o te quedarás en la ruina, es la única forma de salvarte - Dijo con seguridad como si tuviera la garantía de mi aceptación, por supuesto que eso pensaba porque la mayoría del tiempo había querido obligarme a hacer lo que él deseaba sin importarle mis sentimientos. Me eché a reír con ironía ante lo absurdo de sus palabras.
— Ni aun estando enfermo, comprendes que no siempre las personas tenemos que actuar según tus designios, papá — Le contesté apartando mi mano de la suya
— Tienes que hacerlo por tu bien, la única responsable de lo que queda eres tú, es a ti a quien van a cobrar desde el momento en que yo muera todo pasa a tu nombre — Confirmó sin enojo, la sinceridad de sus palabras me ablandó la dureza que llevaba en el corazón por tanto resentimiento en su contra, pero no estaba dispuesta a darle la razón
— Por primera vez piensas en mí, en mi supuesto bienestar, pero que finalmente viene acompañado de un problema, no estoy dispuesta a ello, papá, sabes muy bien que jamás dejaré de amar a Eduardo — Reclamé y aseguré para que comprendiera, pero mi padre tenía cerrado sus ojos
— Ey, no te duermas — Le grité - Estamos tratando un asunto serio, papá, no me dejes con la palabra en la boca
Pero no obtuve más respuesta — Papá, papá - Inquirí de nuevo acercando su mano de nuevo a la mía y entonces comprendí la tragedia
Me tiré a la par de mi padre y lloré como nunca imaginé que lloraría por el hombre que más daño me había causado, se había muerto dejándome atada a un compromiso inaceptable y llena de dudas que después generarían más problemas, ni siquiera pude diferenciar ni entender a qué le atribuía mi llanto.
— ! Cuándo tendré paz! — Dije entre llanto, absorta, odiando lo que estaba sucediendo, pensando en la palabra boda que me aterraba desde que Eduardo se había marchado sin decirme nada, a tan solo unas semanas de casarnos, nunca entendí por qué, pero en el fondo yo estaba segura que mi padre había hecho todo para separarnos.
Ya habían pasado diez años después de ese suceso, yo ya tenía treinta y tres años, y no había podido dar inicio a ninguna relación amorosa con nadie, pues me había jurado a mí misma desde el día en que se lo llevaron, que jamás le entregaría mi amor ni mi cuerpo a nadie que no fuese Eduardo, pues aunque mi padre nunca me dijo dónde estaban y había cerrado toda vía de comunicación con él, aún conservaba la esperanza de encontrarlo algún día, pero después de lo que había dicho respecto a ese contrato para salvar mi herencia, me sentía llena de furia, hacer eso era traicionarme a mí misma, traicionar mi promesa silenciosa a Eduardo y en verdad prefería quedarme en la ruina antes que casarme con un hombre que no fuera él, y que además desconocía.
— Aunque esté vieja, voy a encontrarte, Eduardo, no te voy a fallar, aunque así tenga que fallarle a mi propio padre — Dije en voz baja apretando la mano fría de mi padre muerto, tenía mucho rencor hacia él, pues siempre maltrató a mi mamá y a mí.
Me levanté de prisa, tomé mi auto y me dirigí a la empresa, necesitaba que alguien me orientara, que me dijera cómo obtener dinero para concretar los gastos del funeral.
— Magaly, ayúdame — Le supliqué a la de Recursos humanos que era la única mujer que mi padre tenía trabajando en la empresa, pues era obvio que toda su vida había sido un tremendo machista
— ¿Qué te sucede, Mary? — preguntó Magaly, completamente absorta mientras se levantaba de su silla para hacerme pasar a la oficina, pues me había quedado detenida en la puerta, como un completo fantasma
— papá ha muerto — Dije aún con la voz contrita — y no tengo dinero para su funeral — Magaly me abrazó efusivamente y me sentí más débil que antes, ella empezó a llorar demostrando demasiado dolor, lo cual me pareció demasiado extraño.
— Me quedé completamente sola, Magaly, no tengo nada de lo que me pertenecía, desde que se fue mi madre, siento que no vivo en paz, su recuerdo y el de Eduardo me atormentan amargamente, ahora ha muerto mi único verdugo, el único que podía impedir mis acciones, y anhelé tanto mi libertad, pero no de esta forma, y ahora que ha llegado no sé qué hay después de este vacío que me inhabilita el pecho — Conté con miedo, pues mi padre ante todo el mundo siempre se mostró como un ser amable y bondadoso.
— Don Ernesto fue una excelente persona, no le llames verdugo, no te llenes de rencor, él no tuvo la culpa que Eduardo te dejara — dijo alegando lo que todo el pueblo de Godella conocía respecto a lo sucedido, que lo defendiera, me pareció todavía más extraño, esa mujer escondía algo, lo había notado siempre
Me dirigí a casa considerando la disposición de Magaly para realizar las gestiones correspondientes del entierro de mi padre. Cuando llegué y me encontré con los retratos que tenían las fotos de mi madre me pareció que era la primera vez que las miraba, como si pasaran ante mis ojos como un vivo reflejo que durante años había decidido ignorar y que ahora me golpeaba el alma.
- Lucrecia - Llamé con ímpetu, ella era la única que permanecía siempre en casa, ayudándome con los quehaceres domésticos.
- Qué tal sigue... - Se detuvo a preguntar cuando me vio cubierta de lágrimas, corrió hacia mí, con efusivo esmero, era la única mujer en quien confiaba, solo ella era conocedora de todas mis desgracias y mi única compañera, ahora más que nunca era quien debía estar a mi lado, solo de ella podía sentir consuelo
— Soy libre — Dije para no repetir que mi padre ya había muerto –Y ahora estoy más presa que nunca, el asunto con la exportadora me traerá grandes problemas, Lu, y yo que ni siquiera pude estudiar una carrera, no sé cómo debo enfrentarme ante esos asuntos - Susurré llorando, odiando mi destino, pues mi padre nunca me había permitido estudiar, todo por no dejarme un momento fuera de su supervisión, pues sabía bien que lo único que deseaba en la vida era encontrar a Eduardo.
— Ya habrá alguien que te ayude, con que sepas leer es suficiente — Me consoló Lucrecia — Ahora tendrás el dinero suficiente para poder viajar o investigar donde está Eduardo y finalmente conocer la verdad que te han ocultado durante estos diez años, ves después de todo no es tan malo
— Lo es, Lucrecia, la exportadora está completamente en la ruina, lo que me dejó mi padre solo fue otra desgracia, hasta en su lecho de muerte me ha condenado a ser una desdichada, ha dicho que me tendré que casar con otro hombre para salvar lo que me dejó, algo que tampoco quiero, sabes qué quiero, encontrar los ojos de Eduardo, solo eso, nada más.
— Ahora podrás buscarlo — insistió intentando consolarme
— ¿Dónde voy a buscarlo? ¿En dónde está? Nunca nadie me lo dijo, nadie lo sabe, el único que lo sabía ha muerto, y yo, yo también he muerto, prefiero morirme antes que casarme con otro hombre… — Dije y suspiré con dolor — pero esa es la única forma de salvar al menos estas cuatro paredes, debe demasiado dinero, un dinero que no podré pagar más que con mi cuerpo – agregué y me acurruqué en mis propios brazos llena de furia, de rabia, de dolor, pensar en eso era agobiante, amaba a Eduardo con todo mi ser, y eso era algo que no podía cambiar por mucho que lo había intentado
— No, no — me interrumpió Lucrecia alterada – Magaly, ella puede decirte donde está Eduardo, ella tiene que saberlo – sus palabras fueron el único consuelo en medio de esa nada
— ¿Por qué ella? — me levanté para interrogar en medio de mi llanto, no entendía por qué Lucrecia pensaba eso
— Porque es claro que ella era su amante, Mary, esa amante que tú has querido conocer por todos estos años, ella ha estado cerca de él todo el tiempo, has un último intento, no te cases sin amor, no te cases obligada, no mereces eso, busca a Eduardo — me gritó sacudiendo mis brazos, para hacerme reaccionar, estaba demasiado aturdida como para pensar en ello, pero tras escuchar el ruido del vehículo de Magaly estacionarse en mi casa, un fuego se apoderó de mi sangre, no tenía pruebas para comprobar lo que decía Lucrecia, pero siempre ella me había parecido rara, y quizá era la única pieza que me quedaba por mover para saber la verdad y saber si casarme o no.
Abrió los ojos, pero no pudo ver nada. Trató de virarse a la derecha y luego a la izquierda, chocando contra invisibles paredes que le impedían moverse libremente. Hizo por incorporarse, dándose un tremendo golpe en la amplia frente que le caracterizaba. La estreches de su encierro, la oscuridad, el silencio y el intenso olor a tierra húmeda, le confirmó que su mayor miedo, el que le había atormentado desde que era un niño, se había convertido en una siniestra realidad. Tanto era su terror que dejó bien claro y por escrito que se tomaran todas las precauciones para impedir la realización de tal desastre; pero era bien sabido que mientras más se trata de evadir el destino más se acerca a lo que ya está escrito y todo parecía decir que había nacido para ser enterrado vivo.No se inmutó a pesar del sobresalto inicial. No entró en pánico como pens&o
Ya habían pasado dos horas de una larga y angustiante espera. Su esposa se demoró en dormirse más de lo habitual, dio vueltas y vueltas durante mucho tiempo, pero ahora respiraba rítmica y profundamente. Eran diez años de matrimonio, podía saber cuándo ella dormía con solo escucharla.Poco a poco fue corriéndose hasta llegar al borde de la cama. Sin quitarle la vista bajó una pierna lentamente hasta que sus dedos tocaron el frío piso de granito. Un leve escalofrío recorrió su pierna desnuda. Metió el codo debajo de su cuerpo y, haciendo palanca con su propio brazo, se alzó unos centímetros. Los muelles del colchón chirriaron al ceder la presión sobre ellos. El hombre se detuvo, petrificado por el sonido. Observó unos minutos a la mujer a su lado, mas ella no se percató de su maniobra.Sentía su corazón latir fuertemen
Sé que soy un tipo raro. O al menos eso es lo que la mayoría de las personas piensan. Desde niño supe que era diferente; por alguna razón le tenía y tengo un miedo extremo a las enfermedades, bacterias, microbios y virus. Una vez le escuché decir a mi madre que era porque estaba presente el día que viraban a mi abuela, encamada desde hacía dos años para curarle las escalas que le salieron en la espalda debido a la posición en la que estaba. Las llagas sangrientas destilaban pus y los gusanos caían en las sábanas desde las heridas abiertas. Yo personalmente no lo recuerdo porque me desmayé, lo cierto es que estos miedos solo han crecido desde mi infancia y aunque he tratado de disimularlo cuando estoy entre otras personas, tarde o temprano alguien se percata de mis fobias y resulto ser en el mejor de los casos, el centro de todas las miradas y comentarios. En conclusión, toda mi in
El abogado prefirió caminar hasta su destino. En el estado que se encontraba no podía conducir sin provocar un accidente, pues las manos le temblaban de pura rabia. Su hija le acababa de dar el disgusto más grande de su vida.Ella, su pequeña, la luz de sus ojos, lo más preciado que nunca tuvo, en complicidad con su madre le habían tendido una trampa. Todo lo comenzaron hacía una semana atrás. Primero le hicieron una cena magnífica en un ambiente alegre y jovial. Él era un hombre muy inteligente y sospechó algo de inmediato, pero la noche transcurrió normalmente. Después su mujer le hizo el amor como hacía muchísimo tiempo no ocurría y luego, cuando descansaban, se lo dijo distraídamente, como por casualidad.—La niña tiene un noviecito, parece que está entusiasmada con él.“Así que era eso”, pens&oa
Me resultó extraño ese comportamiento de mi amigo, pero cualquiera tiene derecho a sentirse mal un día, así que pronto se me olvidó el asunto y traté de recordar alguna otra cosa que me fuera útil o me diera una pista, pero nada, ni un recuerdo nuevo. Confieso que no estaba feliz, la incertidumbre de no saber nada de mí mismo me estaba matando, mi paciencia llegaba a su fin y no tenía idea de lo que sería mi futuro. El sueño me dejó aturdido y perplejo. Realmente, ahora había más preguntas que respuestas, pero en mi caso particular, cualquier cosa era una esperanza de recuperar la memoria. A decir verdad, no me importaba ser o no culpable de todas las cosas que decían que hice, solo quería que acabara esta situación. La cercanía de mi libertad me ponía ner
—Buenos días —dijo uno de los galenos-, yo soy el doctor Zamora y éste es mi colega, el doctor Acosta. Somos neurocirujanos y venimos a hacerle algunas preguntas, si no le molesta, por supuesto.—Claro que no -respondí, notando que el oficial Cosme, no me quitaba los ojos de encima, parecía un animal al acecho, se notaba que no era un tapa huecos como los otros, éste tenía experiencia e instrucción especial, tendría que cuidarme de él. Si lo que me dijo la enfermera era cierto, entonces estaba caminando por una cuerda floja. Lo que más me molestaba, era que en realidad no recordaba nada y ni siquiera me habían dado tiempo para pensar en eso. Me caían encima no más abrir los ojos y nadie se preocupaba de darme respuestas; si no fuer
Último capítulo