—A ver… —Luciana recorrió el interior con la mirada—. Está viejo y medio destartalado, pero tiene lo básico.
Alejandro la miró sonriendo.
—¿De qué te ríes? —lo fulminó ella con los ojos—. ¿Qué gracia tiene?
—De que… —Alejandro le tomó la mano— la doctora Herrera se adapta a cualquier trinchera.
Para una mujer, ya no digamos para cualquiera, ese lugar daba para quejarse. Y ella, que además era hija de Enzo Anderson, no tendría por qué pasar por esto.
—Gracias por el cumplido. —Luciana le soltó la