Al oír pasos a su espalda, Alejandro se volvió en silencio. Se le alzó apenas la comisura de los labios, pero los ojos estaban vacíos.
—Luci, llegaste.
Luciana asintió. Alejandro miró a Juana.
—¿Ya te contó Juana?
—Sí. —Luciana dudó—. ¿Saben quién fue? ¿Qué piensas hacer ahora?
Alejandro tenía claro quién, pero eligió callarlo. Ya no quería cargarle más peso a Luciana.
—Pasó de golpe. Perdón por hacerte venir en vano.
Luciana negó.
—No importa.
Ahora lo urgente era la urna de don Miguel.
***
Qui