—No sigas.
Martina alzó la mano para frenarlo.
—Tampoco quiero escuchar. Tus razones me las imagino, pero no puedo aceptarlas.
Su firmeza, de golpe, le encendió las alarmas a Salvador.
—¿Qué pasó? ¿Qué hice hoy que no te gustó?
—Nada.
—Entonces…
—Aun así, no me gusta.
Martina sostuvo la mirada, seria.
—Te lo digo claro: si ya me casé contigo, no quiero divorciarme…
—¿Ves? Eso está bien —se le iluminó a él.
—Pero si sigues corriendo cada vez que ella te llama, yo me voy a perder la paciencia.
Con