—¡Eh!
Jacobo no sabía si reír o enojarse: ¿un apretón de manos normal y ya es “manosear”?
Volvió a mirar a Martina y entendió… Salvador había conseguido lo suyo. Con lo que costó, claro que la iba a cuidar como tesoro: no fuera que se le escapara.
Como hermano del alma, Jacobo lo comprendía perfecto.
—Va, fue mi error. No debí —levantó las manos, en son de paz.
No había ido a pelear.
—Sube un momento —Salvador tomó la mano de Martina—. Le digo algo y voy por ti.
—Bueno.
Martina subió. Al doblar