—¡Eh!
Jacobo no sabía si reír o enojarse: ¿un apretón de manos normal y ya es “manosear”?
Volvió a mirar a Martina y entendió… Salvador había conseguido lo suyo. Con lo que costó, claro que la iba a cuidar como tesoro: no fuera que se le escapara.
Como hermano del alma, Jacobo lo comprendía perfecto.
—Va, fue mi error. No debí —levantó las manos, en son de paz.
No había ido a pelear.
—Sube un momento —Salvador tomó la mano de Martina—. Le digo algo y voy por ti.
—Bueno.
Martina subió. Al doblar el descanso alcanzó a oír a Jacobo:
—¡Ya pues! ¿Crees que te voy a quitarla? ¿Yo soy así? Además, ¿tan poca fe te tienes? ¿Ni una vez puedes lograr que una mujer te quiera a ojos cerrados?
—¡Cállate! —Salvador miró hacia arriba y bajó la voz—. ¿Quieres meterme en un lío?
—Ok, ok —Jacobo encogió el cuello—. ¿No estaba ya en el cuarto? No escucha. ¿Qué drama?
Salvador lo ignoró y se sentó: tocaba hablar de negocios.
Tal como Salvador temía, Martina sí alcanzó a escuchar. Frunció el ceño, llena de