—¡Enzo Hernández!
—Entiendo perfecto cómo te sientes —se apresuró él—. No dije que me desentienda; averiguaré dónde está Luciana. Mientras tanto te ruego… ¡no la abandones! Te lo suplico.
Hizo una pausa y añadió: —Y… gracias.
Colgó.
Alejandro apretó el teléfono; la cabeza le palpitaba.
¿Rogarle? ¿Agradecerle? Luciana era su mujer; no necesitaba súplicas ajenas.
¿O acaso entre ella y Enzo hubo… algo?
Cerró los ojos un instante. Pasara lo que pasara, fue en los tres años en que él la perdió; la cu