Desde el coche hasta el embarcadero no había más que un corto tramo.
Alejandro calculó que a Luciana le tomaría un suspiro recorrerlo, pero pasaban los segundos y ella no salía. Se removió: algo —no sabía qué— le hacía cosquillas en el estómago.
¡Bum!
Un estruendo brutal, como si el cielo se abriera, sacudió la noche. A Alejandro se le aflojó todo; por un instante vio negro y, de pronto, un cuerpo se le lanzó encima.
—¡Ale!
Era Juan. Rodaron por el suelo, alejándose del muelle. El aire se llenó