—¿Qué será? Lo que me pidas, te lo concedo.
Si quisieras mil favores, mil te cumpliría.
—Prométeme que… —Luciana tragó saliva—. El día que llegue ese momento… cambies tu loción de menta, ¿sí?
Ese momento…
Ni falta hacía nombrarlo: los dos sabían cuál.
Alejandro curvó los labios con amargura.
—De acuerdo. Si de verdad llega ese día… lo haré —y, para aligerar—: ¿Te gusta tanto el aroma que no quieres que nadie más lo huela?
—Ajá… —asintió; apenas temblaba su voz.
Él lo notó y apretó los dientes.
—