68: Entre la espada y la pared.
[Ginevra]
El sol de la mañana se colaba por los ventanales y cortaba el cuarto en franjas pálidas; el aire estaba frío y yo me sentía envuelta en un caparazón de sábanas que no lograban calentarme. Los días se habían estirado como una espera sin fin y, aunque él no me había forzado a nada todavía, vivía con la certeza de que en cualquier momento entraría en esta habitación. La incertidumbre me devoraba: no sabía cómo reaccionaría entonces, tenía miedo y, junto a ese miedo, un rechazo que se pe