Al día siguiente, todo parecía normal. La casa estaba en silencio, el aire era pesado y apenas se escuchaba el golpeteo del viento contra las ventanas. Aun así, dentro de mí se abría un vacío insoportable, como un hueco en el pecho que me consumía poco a poco. Era un sentimiento oscuro, áspero, que no me dejaba respirar. Desde que estoy con él, todos los malos pensamientos se han intensificado, como si mis emociones hubieran sido arrancadas de raíz y expuestas a la intemperie.
Yo había imaginado que mi embarazo sería la etapa más luminosa y feliz de mi vida. Que cada mañana despertaría rodeada de ternura, con ilusión por lo que estaba creciendo dentro de mí. Pero no. La realidad era otra. Estaba atrapada aquí, prisionera, junto a este hombre que me devora, que me rompe y me reconstruye a su antojo.
Giré la cabeza hacia un lado y lo vi. Dormía como un ángel, con el rostro en calma y la respiración lenta. Sus pestañas negras proyectaban sombras delicadas sobre sus pómulos perfectos.