21: El declive comienza.
Al día siguiente, Noah se acercó a mí como todas las mañanas mientras desayunaba en el jardín. El aire estaba impregnado con el aroma del café recién servido y el murmullo de las voces de los demás trabajadores que iban y venían por la casa. Noah me miró, y yo sostuve su mirada por un instante que se sintió más largo de lo normal. Sabía que quería decirme algo, lo reconocía en la tensión de sus hombros y en la manera en que sus labios se movieron antes de contener una palabra. Sin embargo, había