Malu casi dejó caer la taza.
El impacto se transformó en una risa nerviosa que pronto dio lugar a una protesta sincera.
— ¡Ni lo sueñes! — exclamó, llevándose las manos al pecho. — ¡Ni siquiera tengo qué ponerme para una ocasión así!
Dorian levantó apenas una comisura de los labios, divertido con su expresión.
— Eso no será un problema. Mañana te tomas el día libre y te vas de compras — dijo con la calma de quien ya tomó la decisión. — Pediré que Denise te acompañe y se encargue de pagar lo que elijas.
Malu abrió los ojos de par en par, incrédula.
— No, señor Dorian, yo no soy Francine, nunca tomé clases de etiqueta, voy a hacer que pases vergüenza…
Él la interrumpió con un tono que mezclaba mando y cuidado, la máscara habitual de alguien que no cambiaba órdenes por afecto, pero que en ese momento sonaba sorprendentemente protector.
— Malu, vas a ir. Es una orden. Y no te preocupes, me aseguraré de que nadie te menosprecie.
Malu sonrió, algo avergonzada, sin saber si por gusto al sent