El cielo parisino estaba nublado, teñido de un gris elegante que, de algún modo, solo hacía que las calles frente al Louvre se vieran aún más imponentes.
La pirámide de vidrio reflejaba la luz suave de la mañana, y el murmullo de los turistas se mezclaba con el sonido de los pasos de Francine cruzando el patio.
Ajustó el bolso en el hombro, respiró hondo y marcó el número de Lohan.
—Ya llegué —dijo, con la voz firme, aunque el corazón le latía a un ritmo ansioso.
Del otro lado de la línea, él r