El cielo parisino estaba nublado, teñido de un gris elegante que, de algún modo, solo hacía que las calles frente al Louvre se vieran aún más imponentes.
La pirámide de vidrio reflejaba la luz suave de la mañana, y el murmullo de los turistas se mezclaba con el sonido de los pasos de Francine cruzando el patio.
Ajustó el bolso en el hombro, respiró hondo y marcó el número de Lohan.
—Ya llegué —dijo, con la voz firme, aunque el corazón le latía a un ritmo ansioso.
Del otro lado de la línea, él respondió con ese tono arrastrado y seguro de sí mismo:
—Estoy cerca de la entrada principal. No va a ser difícil encontrarme.
Francine siguió el flujo de la multitud, los tacones discretos resonando sobre el mármol, hasta que, unos metros más adelante, lo vio.
Lohan estaba apoyado en una de las columnas, casual y aun así impecable, como si el Louvre fuera solo otro escenario preparado para él.
Alzó la mirada cuando percibió su aproximación.
Por un instante, olvidó disimular.
Sus ojos se abrieron