Capítulo 3. ¿Karma o destino?

Amara salió a la calle a trompicones. El cristal de las puertas automáticas se cerró tras ella con un siseo que sonó a sentencia.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —Un transeúnte se detuvo frente a ella—. Está pálida.

Amara lo miró sin verlo realmente.

—Estoy... perfectamente —logró decir, aunque su voz sonaba como si viniera de otro planeta.

—No parece. ¿Quiere que la lleve a algún sitio?

—No. Gracias…Estoy bien.

Siguió caminando. Sus zapatos golpeaban el asfalto con un ritmo frenético. Se detuvo en un escaparate y vio su reflejo. De pronto, la voz de su madre inundó su mente, tan clara como si estuviera allí de pie.

Amara cerró los ojos y recordó la tarde en que le soltó la noticia. Estaban en el jardín de la villa familiar en Florencia, una propiedad de techos altos y muros cargados de historia donde el tiempo parecía haberse detenido. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de los jazmines en flor, un ambiente que Elena Lioni intentaba mantener siempre perfecto, siempre tradicional, como si las apariencias pudieran sostener el peso de una aristocracia que ya sólo existía en los recuerdos.

—¿Una clínica, Amara? —Elena había dejado caer la cucharilla de plata sobre el plato, produciendo un tintineo estridente—. ¿Te has vuelto loca?

—No es locura, mamá. Es independencia. He elegido al donante, he pasado las pruebas. Voy a tener un hijo bajo mis propios términos.

—¡Términos! ¡Hablas como si estuvieras diseñando un logo! —Elena se puso de pie, cruzando los brazos sobre su pecho, horrorizada—. Un niño necesita un padre, Amara. Alguien que le dé un apellido, alguien que le dé una estructura. Lo que estás haciendo es una aberración contra nuestra propia historia.

—¿Nuestra historia? —Amara se rió con amargura—. ¿Te refieres a la historia de mi abuela, que aguantó las infidelidades del abuelo solo por no perder el apellido? ¿O a la tuya, que tuviste que pedirle permiso a papá hasta para comprar el pan durante cincuenta años?

—¡Es el orden natural, hija! —gritó Elena—. Te casarás, tendrás un marido que te cuide y un hijo que se parezca a su padre. Dios no te dio este don para que lo compres en un laboratorio como si fuera un mueble por catálogo. ¿Qué le vas a decir a la gente? ¿Qué le vas a decir a ese niño cuando pregunte quién es su padre? 

—Le diré que su madre lo deseó tanto que no necesitó de nadie más para traerlo al mundo —sentenció Amara aquel día, dándole la espalda a su madre.

De vuelta al presente, una oleada de náuseas sacudió a Amara.  Se llevó una mano al vientre, sin saber si aquel malestar era un síntoma más de su embarazo o el efecto amargo de la realidad que la aguardaba.

—Si mi madre se entera de esto, me dirá que es el castigo de Dios —murmuró para sí misma. Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de una extraña que habitaba su cuerpo—. Me dirá que por jugar a ser arquitecta de la vida, el cielo decidió recordarme mi lugar.

Pero Amara no creía en castigos divinos. Para ella, lo que había ocurrido en la clínica no era una lección moral, ni una carambola del karma.

—No es un castigo —sentenció, y esta vez su voz recuperó el filo del acero—. Es un robo.

Se tocó el vientre con una mezcla de posesividad y pánico. Lo que crecía allí dentro era el proyecto más importante de su existencia. Había invertido meses de investigación, miles de dólares y una planificación quirúrgica para asegurar que ese hijo fuera el heredero de su historia, de su lucha, de esa piel oscura que era su estandarte. Había buscado el donante 402 no solo por su salud, sino por la armonía de rasgos que prometía un espejo perfecto de sí misma. Y ahora, alguien,un sistema, una clínica, un extraño de "alto perfil” le había arrebatado ese diseño para imponer el suyo.

—Voy a encontrarte —susurró, y la promesa vibró en el aire frío como una amenaza irrevocable—. Me da igual quién seas, qué tan alto sea tu perfil o cuántos muros levante esta clínica para protegerte. Has invadido mi cuerpo y mi futuro, y juro que voy a ponerle un rostro a esa "inconsistencia". Cueste lo que cueste.

Se giró con una determinación renovada, sus tacones repicando con fuerza sobre la acera mojada mientras caminaba hacia su auto. Pero Londres no tenía piedad esa noche. Justo cuando llegaba a la altura de su vehículo, un sedán oscuro pasó a toda velocidad por un charco profundo, levantando una ola de agua sucia que se estrelló contra ella.

El agua helada empapó su abrigo de diseño y le salpicó el rostro, arruinando su compostura. Amara se quedó petrificada un segundo, sintiendo el frío calar hasta sus huesos, pero en lugar de quebrarse, la rabia estalló en su pecho como una descarga eléctrica.

—¡Imbécil! —gritó con todas sus fuerzas, agitando un puño hacia las luces traseras del coche que se alejaba—. ¡Aprende a respetar a los demás!

Se limpió el agua de la cara con un movimiento brusco, respirando agitada. El incidente era una metáfora perfecta de su situación: el mundo intentaba arrollarla, ensuciar su plan, salpicarla con decisiones ajenas. Entró en su auto, cerró la puerta de un golpe y se quedó en silencio, escuchando el golpeteo de la lluvia contra el techo. Sus manos, aún húmedas, apretaron el volante con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color.

Ya no había espacio para la rabia. Solo para la búsqueda.

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