Mundo ficciónIniciar sesiónLa sala de juntas en el piso 80 de la Torre Burke en Londres estaba a una temperatura glacial, pero el ambiente ardía. El aroma a café cargado y a miedo era casi palpable. Al frente de la mesa de mármol de Carrara, Aslan Burke no gritaba; no lo necesitaba. Su silencio era más pesado que cualquier insulto.
Aslan se inclinó hacia adelante, dejando que la luz del atardecer golpeara sus rasgos helénicos. Tenía una mandíbula que parecía esculpida en granito y unos ojos de un azul tan profundo y frío que recordaban a los glaciares del Egeo. Su herencia griega se manifestaba en esa elegancia antigua, pero su actitud era la de un conquistador moderno que no aceptaba prisioneros.
—¿Me están diciendo —comenzó Aslan, su voz era un barítono suave que hizo que los tres socios frente a él se tensaran— que han perdido la licitación del puerto de Salónica porque decidieron ser "prudentes" con el presupuesto?
—Aslan, los costos se elevaron un quince por ciento... —intentó explicar Stavros, un hombre veinte años mayor que él, pero cuya voz temblaba—. El comité decidió que era un riesgo innecesario para los accionistas.
—No me hables de riesgos, Stavros —lo cortó Aslan, golpeando la mesa con un solo dedo, un gesto rítmico y letal—. Háblame de incompetencia. El puerto de mi propia tierra no es un "riesgo", es un legado. Si los costos suben, se absorben. Lo que no es negociable es que el apellido Burke aparezca en segundo lugar.
Stavros intercambió una mirada nerviosa con los otros socios antes de continuar.
—No es solo el dinero, Aslan. El comité de licitaciones de Salónica ha endurecido los requisitos. No quieren un bloque de hormigón moderno; exigen que la terminal antigua, la que data del siglo XIX, sea restaurada y funcional. —Stavros suspiró, dejando unos planos sobre la mesa—. Dimitrius, nuestro arquitecto jefe, dice que es imposible cumplir con los plazos de restauración y mantener la estructura. Se ha jubilado esta mañana, Aslan. Dice que a su edad no va a poner su firma en un proyecto que está destinado a derrumbarse.
Aslan se puso de pie. Su estatura de un metro noventa dominó la habitación de inmediato. Se acercó al ventanal, dándole la espalda a los hombres, observando los perfiles de acero de la City de Londres.
—¿Acaso Burke Global se va a rendir porque un anciano tiene miedo de unas piedras viejas? —preguntó Aslan sin girarse.
—Necesitamos a alguien que entienda de restauración histórica pero que tenga la audacia de un ingeniero de vanguardia —intervino otro socio—. Alguien que sepa cómo hacer que el pasado soporte el peso del futuro. Y en Londres, los que son buenos ya trabajan para la competencia.
Aslan se giró lentamente, ajustándose los gemelos de oro. Sus ojos azules brillaban con una resolución depredadora.
—Escúchenme bien. Les doy exactamente dos días para que encuentren a ese arquitecto. No quiero a las grandes firmas aburridas que reciclan diseños de centros comerciales Alguien con visión, alguien que trate cada viga como una obra de arte y que no tenga miedo de ensuciarse las manos con el siglo XIX.
Se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos sobre el mármol, inmovilizando a sus socios con la mirada.
—Busquen a los mejores de la ciudad. Una vez que tengamos ese nombre, viajaré a Atenas y ese puerto será mío. Quiero un proyecto tan increíble, tan audaz, que aplaste cualquier propuesta de la competencia. No solo vamos a recuperarla; vamos a borrar del mapa a cualquiera que haya osado creer que podía arrebatarnos Salónica. ¡Ahora, lárguense de aquí!
Los hombres salieron de la sala casi en fila india, escapando de la energía volcánica de Aslan. Él se quedó solo, sirviéndose un whisky puro. No buscaba una simple construcción; buscaba una obra maestra que humillara a sus rivales.
El teléfono personal de Aslan vibró sobre la mesa. Aslan contestó con un tono que no admitía preámbulos.
—Espero que sea importante.
—Señor Burke... —el susurro al otro lado era errático. El hombre hablaba como si temiera ser descubierto—. Ha ocurrido algo...
—¡Hable de una vez! ¡Quién es usted?—interrumpió Aslan, su voz cortando el aire con una violencia sorda que hizo que el hombre al otro lado de la línea se quedara sin aliento.
---Sé que la clínica ha jurado silencio absoluto. Se están cubriendo las espaldas, han borrado registros... pero yo tengo las pruebas de lo que hicieron con su reserva privada.
Aslan apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos crujieron, su mirada azul fijándose en las luces de Londres con una intensidad depredadora.
—Si esto es una broma —Aslan hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era un susurro gélido que prometía violencia—. Le juro que se va a arrepentir de haber nacido. ¿De qué está hablando? —preguntó, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente tranquila.
—Un error de códigos, señor. Pero no es un error cualquiera. Una mujer… fue inseminada con su material por una negligencia catastrófica. La clínica sabe que si usted se entera, los destruirá, así que planean dejar que ella siga adelante sin que nadie sepa la verdad.
El hombre hizo una pausa, y el sonido de su respiración agitada delató su verdadera intención.
—Tengo los documentos originales, señor Burke. Los que la clínica cree haber destruido. Podría hacérselos llegar... por el precio adecuado. Ella está embarazada. De cinco meses. Y lleva a su heredero, señor
El silencio que siguió a la noticia fue tan denso que el aire parecía haber desaparecido de la sala. Aslan sostuvo el teléfono contra su oreja, con los ojos fijos en un punto inexistente del horizonte londinense. De pronto, una risa corta, seca y carente de cualquier rastro de alegría, escapó de sus labios.
—¿Está tratando de sobornarme? —preguntó Aslan, y su voz tenía un tono peligrosamente bajo—. Díganme que es una maldita broma de mal gusto diseñada para probar mis nervios, porque si no lo es, este es el último día que esa clínica mantiene sus puertas abiertas.
—Señor Burke, le aseguro que no es ninguna broma... —la voz al otro lado temblaba tanto que era difícil entender las palabras—. Ha sido un error humano en el etiquetado de los viales.
Aslan sintió que la sangre le subía a las sienes.
—Pásame a Arispe. Ahora mismo —ordenó con una autoridad gélida.
—El doctor Arispe no... no puede atenderlo en este momento, señor. Ha sufrido un colapso médico, un ataque de pánico severo. Está bajo sedación.
Aslan soltó una carcajada amarga, llena de desprecio.
—¿Un colapso? ¿El hombre que acaba de regalar mi herencia biológica está durmiendo una siesta mientras yo espero respuestas? —Rugió, perdiendo por fin la compostura.
Aslan cerró el puño, sintiendo los bordes del cristal enterrarse en su piel. El dolor físico no era nada comparado con la furia de sentirse vulnerado.
—¿Quién es ella? —exigió, y cada palabra sonaba como un latigazo.
—No estoy autorizado a dar nombres por la ley de protección de datos, señor Burke —empezó el hombre, pero su tono cambió rápidamente de lo profesional a lo rastrero—. Sin embargo, sé que usted valorará esta información. El silencio de la administración tiene un precio, pero mi lealtad… mi lealtad puede ser suya a cambio de una suma que me permita desaparecer. A menos que me entregue un millón de dólares antes de medianoche, el nombre de la mujer y el destino de su heredero se perderán en los archivos triturados de la clínica.
Aslan soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Se puso en pie, caminando hacia el ventanal mientras el reflejo de sus ojos azules en el cristal parecía emitir chispas de acero.
—¡Hable de una maldita vez! —tronó Aslan, interrumpiendo la demanda económica con una voz que hizo que el hombre al otro lado de la línea guardara un silencio sepulcral—. Escúcheme bien, imbécil: Detesto la extorsión, y detesto a los idiotas que no saben con quién están tratando. O me da ese nombre ahora mismo, o rastrearé esta llamada, localizaré su posición y le juro que para cuando mi equipo llegue a su puerta, deseará no haber tenido nunca una lengua para hablar. Tiene cinco segundos.
Al otro lado de la línea, el silencio se volvió absoluto, roto solo por una respiración que se tornó en un sollozo ahogado de puro terror. El hombre se dio cuenta de que no estaba negociando con un cliente desesperado, sino que acababa de ponerle un cuchillo en la garganta a un demonio.
—Cuatro... —continuó Aslan, su voz bajando a un susurro que prometía el infierno.
—Yo... —balbuceó el hombre, cuya voz se quebró por completo—. Usted me matará de todas formas…
—Tres…
Antes de que Aslan pudiera pronunciar el siguiente número, el sonido de un clic seco terminó la comunicación. Un tono de línea cortada fue lo único que quedó en el aire glacial de la oficina.
Aslan se quedó con el teléfono pegado a la oreja, sus nudillos blancos por la presión. Sus ojos azules, fijos en el reflejo de la noche londinense, emitían chispas de acero. Nadie le colgaba. Nadie le negaba información. Y mucho menos, nadie jugaba con su herencia.
Lanzó el teléfono sobre la mesa de mármol con una violencia sorda y se giró hacia el ventanal.
—¡Mal...dita sea! —exclamó en voz alta, y su voz de barítono golpeó los cristales como una descarga física—. ¡Estoy rodeado de incompetentes!







