Capítulo 5. En la Boca del Lobo.

La luz grisácea de la mañana se filtraba por los amplios ventanales industriales de Leoni Studio, en el corazón de Shoreditch. Amara cruzó el umbral de su oficina, pero sus pasos se detuvieron antes de llegar al escritorio. Allí, rompiendo la armonía de sus planos y maquetas, descansaba un sobre de color negro azabache, con un sello de lacre plateado que brillaba con una elegancia gélida. Antes de que pudiera acercarse, la puerta se abrió de nuevo.

—Acaba de llegar esto, Srta. Leoni —dijo Catherin, su secretaria, asomando la cabeza con una expresión de curiosidad contenida—. Lo trajo un mensajero privado y, por el uniforme que vestía, parece venir de alguna instancia de alto nivel. Se veía... importante.

—¿Burke Global? —murmuró para sí misma, pasando la yema del dedo por el relieve del sello.

Leyó el mensaje en silencio, sintiendo el peso de cada palabra:

Se solicita la presencia de la Arquitecta Amara Leoni en la Torre Burke, Piso 80, hoy a las 14:00 horas para una entrevista de carácter estratégico.

La falta de asistencia se interpretará como desinterés definitivo en futuras licitaciones con el grupo Global.

Atentamente, Gerencia de Burke Global & Asociados.

—¿Entrevista? —Amara contrajo el entrecejo

El nombre "Burke" pesaba demasiado en la industria. Era la cúspide. Si quería que su estudio sobreviviera a los gastos que se le venían encima con el bebé y la demanda que planeaba contra la clínica, no podía cerrar esa puerta.

Amara levantó la vista del papel, encontrándose con la mirada expectante de su secretaria. El tono del mensaje no era una invitación; era un ultimátum disfrazado de cortesía empresarial.

—Catherin —dijo Amara, recuperando la compostura y dejando la tarjeta sobre sus planos de madera recuperada—, cancela mis citas de la tarde. Parece que tengo una visita obligatoria a la Torre Burke.

La Antesala del Poder

Dos horas después, Amara cruzaba un pasillo de cristales polarizados en el piso 80. La llevaron a una sala de conferencias lateral donde dos hombres la esperaban con rostros de funeral.

Uno era Stavros, cuya corbata parecía estar asfixiándolo, y el otro era Dimitrius, un hombre mayor con ojeras profundas y un plano enrollado bajo el brazo. 

—Arquitecta Leoni, gracias por venir —dijo Stavros, sin preámbulos—. Soy  Alexander Stavros, socio fundador de la empresa Burke global.  Le agradecemos que haya atendido la convocatoria con tal prontitud. 

—Al contrario, el interés es mío —replicó Leoni, tomando asiento con elegancia.

—Seré directo. Tenemos un problema en Salónica. Una terminal del siglo XIX que el gobierno griego se niega a demoler. Queremos modernizar el puerto, pero exigen que la estructura original sea el alma del proyecto.

Dimitrius extendió el plano sobre la mesa. 

—Es una trampa de ingeniería, jovencita —gruñó el viejo arquitecto—. Las vigas están fatigadas, el salitre ha devorado los cimientos y el diseño original es un laberinto. Yo me retiro hoy mismo porque no voy a poner mi nombre en algo que colapsará en dos años.

Stavros miró a Amara fijamente. 

—Buscamos a alguien con la audacia suficiente para hacer que lo viejo sostenga lo nuevo. Alguien que no tenga miedo de lo imposible. ¿Es usted capaz de salvar Salónica o estamos perdiendo el tiempo?

Amara observó el plano. Sus ojos recorrieron las líneas con la velocidad de un escáner. Vio el potencial donde otros veían ruinas. Un desafío de ese calibre era exactamente por lo que se había hecho arquitecta.

—No solo soy capaz —dijo Amara, levantando la vista con una seguridad que hizo que Stavros retrocediera un paso—. Soy la única persona en esta ciudad que puede hacer que esa terminal parezca una joya del futuro sin perder su ADN histórico. El miedo del señor…

—Dimitrius Angelopoulos —interrumpió el socio con una sonrisa breve pero eficiente.

—Del señor Dimitrius es solo falta de visión.

Dimitrius resopló, pero Stavros asintió lentamente. 

—Bien. Pero no soy yo quien debe convencerse. El dueño de este imperio no acepta un "tal vez". Pase por esa puerta, Arquitecta. Aslan Burke la espera. Y un consejo: no parpadee. Él huele la duda.

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