Capítulo 2. Donante 402

El teléfono sobre la mesa de diseño no dejaba de vibrar, rompiendo la concentración de Amara mientras intentaba pulir los renders de iluminación de una estructura que desafiaba la gravedad.

—Amara Leoni al habla —dijo ella, sosteniendo el móvil con el hombro.

—Señorita Leoni, es el doctor Arispe. Necesito que venga a la clínica. Ahora mismo.

Amara detuvo el lápiz óptico a milímetros de la tableta gráfica, dejando un rastro de luz congelado en la pantalla donde ajustaba las sombras del voladizo. El tono del doctor era una mezcla de pánico y fatiga que nunca había escuchado.

—¿A esta hora, doctor? —preguntó Amara, dejando que el lápiz óptico rodara sobre el escritorio mientras echaba un vistazo al reloj de pared. Eran pasadas las seis; las luces de las oficinas vecinas ya empezaban a apagarse y la lluvia afuera solo acentuaba la sensación de final de jornada—. Ya es tarde, doctor. ¿Qué podría ser tan urgente como para que necesite que atraviese la ciudad ahora mismo? Además,  estoy en medio de una entrega  para un cliente importante. ¿No puede decirme qué pasa por aquí? 

El silencio al otro lado de la línea fue más pesado que cualquier respuesta. 

—No puedo hablar de esto por teléfono, señorita Amara. Es... es un asunto de extrema gravedad. Por favor, venga lo más pronto posible.

—Me está asustando. ¿El bebé está bien?

—Venga a la clínica, Amara. La espero.

Amara sintió un frío repentino. Guardó sus diseños a toda prisa, tomó su abrigo y salió de su estudio. Ya en el auto, sus manos temblaban ligeramente sobre el volante mientras esquivaba el tráfico de la ciudad. Durante el trayecto, su mente no dejó de imaginar lo peor. Al llegar a la recepción, la secretaria la miró con una mezcla de lástima y nerviosismo.

—Señorita Leona, el Doctor Arispe la espera —dijo. Su voz, usualmente profesional, temblaba ligeramente.

—Arispe. Ve al grano —dijo ella, ignorando la silla frente al escritorio. Se quedó de pie, cruzada de brazos, dominando el espacio—. ¿Los resultados de la amniocentesis son normales? ¿Mi hijo está bien?

El médico tragó saliva, el sonido fue audible en el silencio sepulcral de la sala.

 —El feto está perfectamente sano, Amara. Es fuerte, su ritmo cardíaco es de libro de texto —dijo el doctor, pero la frase quedó suspendida en el aire.

Amara soltó un suspiro de alivio, dejándose caer en la silla frente a él.

—¡Dios mío! Me dio un susto de muerte. Si el bebé está bien, ¿qué es eso tan grave que no podía decirme por teléfono?

Arispe hizo una pausa larga, buscando un aire que parecía habérsele escapado de los pulmones. 

—Hubo un error en el laboratorio. Un error humano catastrófico.

—¿De qué habla? 

—Hemos detectado una... inconsistencia genética.

Amara arqueó una ceja. El gesto era una advertencia silenciosa. 

—¿Inconsistencia? He pagado el paquete Premium de esta clínica. Fui específica. Elegí al donante 402 porque su perfil era el único que garantizaba la armonía con mis propios rasgos. No busco una sorpresa, doctor. Mi piel oscura,mi cabello —dijo, señalando con una mano impecable sus rizos definidos— son mi identidad. El donante debía asegurar que el niño compartiera esa misma herencia afrodescendiente. Así que dígame... ¿Qué es exactamente lo que está viendo que no coincide con mi contrato?

Amara sintió un frío que no venía del aire acondicionado. Era una sensación de invasión, como si alguien hubiera reescrito su propia historia sin su consentimiento. Se acercó a la mesa y tomó el informe con dos dedos, como si fuera algo contaminado. Sus ojos negros recorrieron las especificaciones técnicas del "error".

—”Fenotipo: Caucásico. Ojos: Azules. Cabello: Rubio. Estatura: 1.90m" —leyó en voz alta. Su voz era un susurro peligroso—. Me han dado el hijo de un extraño que no se parece en nada a mí. Me han convertido en el recipiente de una línea que no elegí. Han profanado mi planificación, Arispe.

Amara se quedó helada. Sus manos bajaron inconscientemente a su vientre de cinco meses.

—Lo sentimos profundamente, Amara. La clínica asumirá todos los gastos, la compensación será…

—Me está diciendo que el padre de mi hijo es un extraño que no elegí. ¿Quién es? Necesito el nombre.

—No puedo dárselo, Amara. Las políticas de confidencialidad de la clínica son estrictas, especialmente en casos de alto perfil.

—¡Me importa un bledo su política! —gritó ella, golpeando el escritorio. 

—Señorita Leoni, por favor... —su voz salió quebrada, una mezcla de súplica y puro nerviosismo—. Trate de calmarse. Piense en su estado. No es bueno para el bebé que su presión arterial suba de esta manera, especialmente ahora que hemos entrado en la segunda mitad del embarazo.

—Ustedes cometieron un error que no tiene vuelta atrás, doctor. No me hable de protocolos cuando han alterado mi vida para siempre —dijo, bajando la voz a un susurro peligroso mientras se inclinaba hacia él—. Tengo derecho a saber quién es el padre de mi hijo. Han perdido el derecho a sus secretos en el momento en que mezclaron esos expedientes. Así que dígame: ¿quién es el donante?

—Si ese nombre sale a la luz, esta clínica dejaría de existir en una hora —susurró el doctor, inclinándose hacia ella—. Si se entera de que hubo una negligencia con su material biológico, nos destruiría.

—¿Tan poderoso es? ¿Un criminal?

— Lo siento. No puedo decir nada más. Váyase a casa y trate de procesarlo.

Amara se quedó inmóvil un segundo, asimilando la audacia de aquellas palabras. De pronto, una risa corta y seca, cargada de un sarcasmo gélido, escapó de sus labios. No era una risa de alegría, sino el sonido de alguien que acaba de confirmar que está rodeada de incompetentes.

Entonces, abrió los ojos de par en par, fijando su mirada oscura y penetrante en el hombre, como si pudiera ver a través de su bata blanca.

—¿Es en serio, doctor Arispe? —preguntó, con una calma que resultaba más aterradora que un grito—. ¿Su consejo profesional, por el que pago una fortuna, es que me vaya a casa a "procesarlo" así, sin más? 

El doctor Arispe palideció hasta adquirir un tono grisáceo. Intentó aflojarse el nudo de la corbata, pero sus dedos no respondían; el aire entraba en sus pulmones de forma sibilante, corta, como si el oxígeno se hubiera vuelto sólido. Sus pupilas se dilataron hasta engullir el iris.

 El hombre estaba colapsando frente a ella.

—¿Doctor? —llamó ella, pero Arispe solo soltó un quejido ronco, llevándose las manos al pecho mientras se hundía en su silla ergonómica, con la mirada perdida en el vacío del pánico puro.

Amara se levantó y  giró la cabeza hacia la puerta y alzó la voz con una autoridad gélida que cortó el aire de la sala.

—¡Enfermera! —exclamó con un hilo de voz desesperado, mirando frenéticamente hacia la puerta.—. Venga aquí de inmediato.  ¡Algo le pasa al doctor! ¡Dése prisa!

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