Emma sostenía la pequeña llave de hierro entre sus dedos. Estaba fría, pesada y olía a metal viejo. Azkarion se acercó a ella, con la respiración entrecortada. Sus ojos, que habían recuperado algo de brillo tras el trabajo del día, se clavaron en el papel amarillento con la caligrafía de su padre, Arthur.
—Es su letra —susurró Azkarion, y por un momento volvió a ser el niño que perdió a su héroe en aquella carretera—. Estoy seguro. Esa forma de cerrar las "g"... no hay duda.
—Pero tu padre muri