El local olía a victoria, a café quemado y a ese cansancio satisfactorio de haber ganado una batalla. Emma estaba limpiando la plancha con un trozo de limón cuando el tintineo de la puerta la hizo levantar la vista, esperando a otro estibador con ganas de hablar.
Pero no era un estibador.
Penélope, la madre de Emma, estaba parada bajo el dintel de la puerta con sus zapatos de tacón fino hundiéndose en el polvo del suelo de cemento. Llevaba un abrigo de piel sintética que desentonaba totalmente