El sonido de la madera astillándose bajo los golpes de los hombres de Silas retumbaba en el pecho de Emma como un tambor de guerra. Azkarion la empujó suavemente hacia la puerta trasera del despacho, una pequeña entrada camuflada entre las estanterías de libros que daba al pasillo del montacargas.
—Azkarion, no puedo dejarte —susurró ella, apretando el sobre contra su pecho.
—No me dejas, Emma. Me estás salvando —él le tomó el rostro con las manos, y por un segundo, a pesar del polvo y el miedo