La ciudad los recibió con su habitual indiferencia, un muro de cristal y luces LED que vibraba ajeno a la tragedia del Muelle 40. Azkarion atracó la lancha en un embarcadero abandonado bajo el puente ferroviario, un lugar donde el agua olía a gasóleo y el eco de los trenes ocultaba cualquier conversación.
—Bienvenidos a casa —masculló Azkarion, ayudando a Emma a saltar al muelle oxidado—. Aunque técnicamente, si nos ve una patrulla, nuestra "casa" será una celda de tres por tres.
Emma no respon