El alba en la isla no trajo la calma habitual. El aire se sentía cargado, denso, con ese olor a ozono que precede a las tormentas o a las máquinas hechas por el hombre. Emma se despertó con una punzada de ansiedad en el estómago. Al buscar a Azkarion, lo encontró de pie en el umbral de la choza, cerrando el puño con fuerza.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Emma, su voz apenas un susurro.
Azkarion se giró lentamente. En la palma de su mano, el anillo de los DArgent emitía un parpadeo rítmico y casi i