El sol del mediodía caía como un mazo sobre la Isla de los Naufragios. En el centro de la playa, Valmont había hecho instalar una mesa de acero inoxidable que brillaba, hiriente, en medio de las chozas de madera podrida. La incubadora de la Pimienta de Fuego estaba allí, conectada a una batería portátil, con sus sensores emitiendo pitidos de agonía.
—Tienes una hora, Emma —dijo Valmont, consultando su reloj de platino—. Si para cuando el sol empiece a bajar la planta no recupera su color carmes