El sonido de las lanchas de Valmont se perdió en el horizonte, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el rugido de los motores. En la playa, los isleños rodeaban a Emma, quien seguía sentada en la arena, mirando su mano vendada con un trozo de lino sucio.
—Has entregado el fruto, Emma —dijo Clara, con una mezcla de respeto y temor—. Pero ese brillo negro... nunca lo había visto en la planta original.
—Es el color de la desesperación, Clara —respondió Emma, levantándose con la ayuda d