Dicen que en la restauración, el paso más peligroso no es el decapado ni la reintegración cromática, sino el momento en que decides aplicar la resina final. Es un acto de fe. Una vez que ese brillo sella la superficie, la obra queda protegida del tiempo, pero también se vuelve inalterable. Hoy, mientras el sol de San Pedro de Macorís entra a raudales por los ventanales de mi nuevo taller, me pregunto si Alexander y yo estamos listos para ese sellado, o si nuestras grietas aún necesitan respirar