Hay un fenómeno en la química del arte que siempre me ha fascinado: la polimerización. Es el momento en que las moléculas del aceite, tras ser expuestas al oxígeno y a la luz durante el tiempo suficiente, dejan de ser un líquido inestable para transformarse en una red sólida y eterna. No es un proceso rápido; no se puede forzar con calor artificial sin arriesgarse a cuartear la superficie. Requiere paciencia, requiere aire y, sobre todo, requiere la firme convicción de que lo que se está forman