Regresar a casa, a mi República Dominicana, no fue el acto de triunfo que imaginé mientras huía por los callejones de Atenas o las montañas de los Balcanes. Fue, más bien, un ejercicio de reintegración molecular. Como cuando intentas devolver una pieza de madera a su clima original después de años en el frío; hay crujidos, hay tensiones, y la fibra necesita tiempo para recordar cómo respirar este aire cargado de salitre y humedad tropical.
Alexander —me niego a llamarlo de otra forma, incluso a