La noche era espesa como tinta. La cabaña quedó atrás, y el mundo se volvió un susurro de pasos, respiraciones contenidas y sombras en movimiento.
Iván lideraba el grupo, seguido por Aitana y Natalia. Tomás aguardaba en el perímetro con el vehículo encendido y listo para huir. En sus muñecas, los tres llevaban pulsos de vibración: comunicación silenciosa. Una pulsación corta: alto. Dos rápidas: peligro. Tres prolongadas: ejecutar plan.
El viejo taller mecánico se alzaba entre ruinas cubiertas d