La oscuridad se cerró sobre Natalia segundos después de empujar a Aitana. El gas la envolvió rápido, entre ácido y narcóticos. Con lo que Luchó por mantener los ojos abiertos, pero fue inútil. Lo último que vio fue la sonrisa del hermano que creía muerto.
Y luego… silencio.
Despertó atada, pero viva. Sus muñecas estaban amarradas con correas frías de metal, los tobillos igual. Frente a ella, una sala amplia, revestida en madera y piedra, como una vieja oficina militar subterránea. Una chimenea