El cuerpo de Aitana cayó como una ráfaga de viento. El túnel bajo sus pies se tragó todo el oxígeno y la gravedad la devoró. Golpes contra los muros, un zumbido agudo en los oídos, y finalmente… un impacto seco sobre algo mullido y cálido.
Iván.
—¡Iván! —jadeó ella, rodando sobre su costado, adolorida—. ¡Iván, despierta!
Él soltó un gruñido bajo, inconsciente pero vivo. Aitana palpó su rostro, su pecho. Calor, piel… sangre.
—Mierda, estás sangrando… —le susurró, angustiada.
La oscuridad era cas