El humo aún no se disipaba cuando Tomás cruzó la puerta destruida. El aire estaba cargado de electricidad y metal quemado. Del otro lado, un corredor amplio, blindado, con pisos brillantes que reflejaban las sombras como cuchillas.
—Zona central de seguridad —dijo Ana, escaneando con su visor—. Están esperándonos.
Como si sus palabras fueran una orden, las luces comenzaron a parpadear. Y luego… un pitido agudo.
Tomás levantó el puño, y todos se agacharon justo antes de que una ráfaga de metrall