La mansión de Arthur, que alguna vez fue el símbolo del poder absoluto y la elegancia refinada, se había transformado en un mausoleo de ecos y sombras. El aire olía a una mezcla rancia de perfume caro, flores marchitas y el aroma punzante del alcohol destilado. Linda ya no caminaba por los pasillos; deambulaba como un espectro que se niega a abandonar el lugar de su propia ejecución.
Llevaba un vestido de seda que en otro tiempo hubiera sido impecable, pero que ahora arrastraba por el suelo, ma