La mansión de Arthur, que alguna vez fue el símbolo del poder absoluto y la elegancia refinada, se había transformado en un mausoleo de ecos y sombras. El aire olía a una mezcla rancia de perfume caro, flores marchitas y el aroma punzante del alcohol destilado. Linda ya no caminaba por los pasillos; deambulaba como un espectro que se niega a abandonar el lugar de su propia ejecución.
Llevaba un vestido de seda que en otro tiempo hubiera sido impecable, pero que ahora arrastraba por el suelo, manchado de vino y ceniza. En su mano derecha, una botella de cristal tallado golpeaba rítmicamente contra las paredes de mármol, produciendo un sonido metálico y hueco que ponía los pelos de punta al servicio.
—¡Elizabeth! ¡Victoria! —gritaba Linda, llamando a las mujeres que alguna vez formaron su círculo íntimo de la alta sociedad—. ¡Vengan a ver mi jardín! ¡Vengan a ver lo que he construido!
Nadie respondía. Sus "amigas" habían desaparecido en cuanto el nombre de los Briston empezó a mancharse