El mundo de Roberto Briston se reducía a un techo blanco y el sonido rítmico, casi hipnótico, de un monitor cardíaco. Durante semanas, su mente había sido un barco a la deriva en un océano de estática y sombras. Pero esa mañana, la niebla se disipó. No fue un despertar heroico; fue un retorno lento y doloroso a una realidad que pesaba más que el coma.
Sus párpados, pesados como el plomo, se abrieron apenas unos milímetros. La luz de la clínica era una agresión. Intentó mover la mano, pero sus d