La mañana en la ciudad se sentía pesada, cargada con el aire viciado de las conspiraciones que rodeaban a la familia Briston. Dentro de la mansión, el eco de los gritos ahogados de Linda y el silencio gélido de Arthur eran muros invisibles que Joe ya no estaba dispuesto a tolerar. Abigail, con el pequeño Cael en brazos, parecía un ángel atrapado en un laberinto de espejos rotos.
—Necesitamos salir de aquí, Abi —dijo Joe, mientras se ajustaba el saco. No era el tono del CEO autoritario, sino el