La mañana en la ciudad se sentía pesada, cargada con el aire viciado de las conspiraciones que rodeaban a la familia Briston. Dentro de la mansión, el eco de los gritos ahogados de Linda y el silencio gélido de Arthur eran muros invisibles que Joe ya no estaba dispuesto a tolerar. Abigail, con el pequeño Cael en brazos, parecía un ángel atrapado en un laberinto de espejos rotos.
—Necesitamos salir de aquí, Abi —dijo Joe, mientras se ajustaba el saco. No era el tono del CEO autoritario, sino el de un hombre que busca aire para sus pulmones—. No a la oficina, no a una cena de negocios. Necesitamos ir a un lugar donde el apellido Briston no sea una marca de guerra, sino solo un nombre. — Abigail lo miró, acariciando la mejilla del bebé, que dormía ajeno al caos.
—¿A dónde, Joe? Arthur tiene ojos en todas partes.
—A un lugar que le pertenecía a Clara. Al único refugio que ella tuvo cuando este mundo intentó devorarla. Vamos a la Iglesia de San Patricio.
El viaje fue silencioso. Joe conduc