La salida de NY se veía gris bajo una lluvia fina que no terminaba de limpiar la suciedad de las calles. Arthur Briston, oculto tras el cristal ahumado de un vehículo alquilado, nada que pudiera rastrearse hasta su colección de autos de lujo, mantenía la vista fija en la entrada de la casona. En su regazo, un par de binoculares y una libreta con los horarios de salida de Abigail.
Su mente era un nido de avispas. La humillación de su madre en la televisión nacional no solo había herido el orgullo de Linda; había dinamitado los cimientos de su propia legitimidad. Si el mundo sabía que ellos eran los hijos de una "oportunista", su ascenso al trono de las empresas Briston sería cuestionado por cada accionista.
—El niño —susurró Arthur, sus dedos tamborileando frenéticamente sobre el volante—. Todo vuelve a ese maldito niño.
En su lógica retorcida, Cael no era un bebé; era un documento de identidad, un sello de propiedad que Joe y Abigail ostentaban. Si Cael desaparecía, Joe se hundiría en