La habitación de Joe estaba envuelta en una oscuridad protectora, solo rota por el resplandor de la chimenea que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de madera. Abigaíl y Joe se recostaron, sus cuerpos trenzados bajo las mantas pesadas, pero sus mentes seguían viajando a cientos de kilómetros, a la fría y despiadada Ciudad, donde el 51% del Grupo Briston esperaba.
Joe acariciaba el cabello de Abigaíl, el silencio era denso con las palabras aún resonantes de Roberto. "Me culpo por cómo son hoy en día mis dos nietos." Era una redención tardía, un perdón que Joe no había pedido, pero que necesitaba desesperadamente. Y ahora, con la presidencia en sus manos, la carga era inmensa.
—¿Volvemos a la ciudad? —susurró Abigaíl, su voz casi inaudible contra su pecho. Joe suspiró, un sonido profundo y satisfecho.
—Volver es caer en la trampa, Aby. La ciudad es el veneno. Esta montaña es la cura. El 51% es solo una herramienta, no una cadena. Lo manejaremos desde aquí. Contrataremos a lo