El sol de media mañana se filtraba por los ventanales de la habitación del hotel de Joe, revelando motas de polvo que danzaban en el aire recién agitado por la huida de Abigaíl. El silencio que dejó su partida era más ensordecedor que cualquier grito. Joe estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo el teléfono en la mano, el eco de un “Adiós, Joe” frío y cortante aún resonando en su mente.
Roberto, apoyado en su bastón, observaba a su nieto, cuyo rostro se había transformado en una máscara de un