El sol de media mañana se filtraba por los ventanales de la habitación del hotel de Joe, revelando motas de polvo que danzaban en el aire recién agitado por la huida de Abigaíl. El silencio que dejó su partida era más ensordecedor que cualquier grito. Joe estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo el teléfono en la mano, el eco de un “Adiós, Joe” frío y cortante aún resonando en su mente.
Roberto, apoyado en su bastón, observaba a su nieto, cuyo rostro se había transformado en una máscara de una furia gélida y absoluta, una rabia contenida bajo el dominio de años de disciplina autoimpuesta. Había visto esa mirada en el espejo muchas veces en su juventud.
—Ella se ha ido —declaró Joe, aunque no era una pregunta. Roberto asintió lentamente.
—Y lleva la verdad con ella. La carpeta. El registro médico.
No fue hasta que Roberto le narró, con voz amortiguada por la vergüenza, cómo Arthur había planeado la traición, haciéndo creer a Abigaíl que su cuerpo era defectuoso, que era estéril, el