El desayuno fue una tregua cómoda, marcada por el vapor del café humeante y el crujido de la madera del lodge. Se sentaron en una mesa rinconera, absortos en la planificación de su partida. La cercanía forzada de la noche anterior había dejado un rastro de familiaridad que era difícil de ignorar. Se permitían sonrisas rápidas y silencios largos, pero ya no eran extraños.
Joe, con la prisa por el rancho marcando su ritmo, bebió su café negro de un trago.
—Escucha, hay algo que necesito decirte —