El almacén se sentía de repente sofocante. El aire, denso con el aroma a cuero, harina y café viejo, se había enrarecido con la tensión no dicha. Joe, con el ceño fruncido y un aura de hierro frío a su alrededor, pagó por sus artículos y los de Abigaíl en un silencio que tronaba más fuerte que cualquier grito. Afuera, la Ford negra esperaba como un refugio en el ojo del huracán.
Mientras Abigaíl salía con una bolsa de mantas nuevas y una estufa de emergencia, Perla la observó desde el mostrador