Capítulo XCVII: El Testigo Inesperado
Sesenta minutos pueden ser una eternidad cuando el destino de un imperio pende de un hilo de fibra óptica. Tras el breve pero sísmico interludio, la sala de juntas de la Torre Briston volvió a llenarse. Sin embargo, el ambiente había mutado. El miedo ya no era una nube abstracta; ahora era una tensión eléctrica, dirigida y específica. Los socios habían pasado la última hora revisando en sus dispositivos personales los archivos que Arthur les había enviado: un laberinto de registros que desmentía