La sala de juntas, que durante horas había sido un campo de batalla de egos y traiciones, quedó finalmente en silencio. El aire estaba viciado, cargado con el olor a café frío, sudor nervioso y la estática de las pantallas que aún mostraban gráficos de una empresa herida. Los socios, tras una deliberación que se sintió como un siglo, habían llegado a un veredicto. No era la justicia perfecta, pero era la justicia que el imperio Briston necesitaba para no desmoronarse antes del amanecer.
—La res