Capítulo XCVI: La Silla Vacía
El aire en el cuadragésimo piso de la Torre Briston no circulaba; se estancaba, impregnado de un olor a ozono, café recalentado y el miedo químico que exudan los hombres poderosos cuando ven el abismo. Fuera, la ciudad de Nueva York era un hervidero de luces estroboscópicas. Desde las ventanas blindadas, las patrullas federales que rodeaban la mansión de Linda en los suburbios no eran más que puntos intermitentes de color azul y rojo, pero aquí, en el corazón del imperio, el eco de las sirenas s